Que no se ocupe de ti el desamparo

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viernes, 11 de mayo de 2012

Tu cama, tu vida.

A veces, hay días que te consumen.
No sabes por qué, ni cómo y a nadie le importa cuándo. Sólo sucede. Te trepa por las venas y se acomoda en tu corazón. Que empieza a pesar, que le empiezan a doler los suspiros, y el tiempo. Y las entrañas se te retuercen.

Esos días sólo lloras. Y en medio de tus sollozos te preguntas por qué las lágrimas ya no son saladas, ni húmedas, ni suaves. Son duras, frías, cortantes. Y secas. Lloras con los ojos secos y la mirada fija en algún punto de dios-sabe-dónde, esperando que la angustia se vaya de cuerpo, se vaya por tu piel. Y los recuerdos en alguna parte, que ni siquiera Dios sabe, te duelen y te destruyen.

Y de repente, tienes miedo. ¿Miedo a qué?¿A quién le importa? Es sólo miedo. Sin lógica, ni física, ni fundamento. Ni tampoco probabilidad.

Así que te escondes, porque en la cama la vida es más segura. Es más propia, de uno mismo. Tu cama, tu vida. Así funciona. Ella sueña contigo, así que sumerges tu sonrisa bajo las sábanas y esperas a que sea mañana, a que se acabe este día que te consume.

Porque a veces, sólo soy capaz de pensar en prosa y, claro, todo el mundo sabe que la vida se me va con lo que escribo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Nunca será demasiado tarde, princesa.

Llenaste mi corazón de promesas pueriles y mis ojos de lágrimas tardías.
Me has teñido el alma de negro y el cuerpo de polvo de hadas y jeringuillas. La vida de alcohol etílico y cubata barato de noches sin bar, ni luna, ni mañana que cubra las borracheras en los portales. Y la tristeza de amantes furtivos que trajiste a mi cama, para invitarnos a un despertar mejor, que siempre era el mismo, que siempre era solo y bajo la mirada indiscreta de sol entre las persianas.

Pero, ¿qué voy a decirte que ya no sepas, princesa? Que cada amanecer me retuerzo entre las pesadillas que llevaste a mi almohada, entre los recuerdos que empujan a mi cabeza a perderse de nuevo en tu cintura, a jurarte la luna y la vida entera, a cambio de promesas pueriles y lágrimas tardías.

martes, 14 de febrero de 2012

Nunca fue primavera.

Era piernas largas y miradas tristes. Era pupilas de algodón y algodón en las entrañas. Era todo caramelo. Caramelo amargo y dulces caducados. Se le olvidaba la vida en las esquinas y recordaba lo que nunca pasó. Y lo añoraba. Sentía las palabras en la garganta, escondidas tras el rencor al rechazo y el miedo al olvido. El pánico al viento que mecía su pelo y ahogaba su risa. Era manos de alquitrán. Oscuras por la sombra de sus bolsillos y el frío del invierno que no cura las heridas de la primavera. Ni las de sus amores de verano. Era melancolía y gracia en una misma palabra, y en un mismo suspiro. Era ayer y hoy juntos en el mañana que nunca llegaba, que se ceñía a sueños imposibles, que se amoldaba a futuros lejanos de promesas pueriles que no pensaba cumplir. Era temor. Temor a recordar el miedo los domingos por la noche. Temor a las despedidas ingratas que se dan la mano mirándose a los ojos, que prometen no olvidarse y que se olvidan con el primer punto y seguido. Era gritos en silencio, cuerdas vocales tensas que no vibrar, que sólo se lamentan y escuchan. Escuchan la vida pasar sin decir nada, solo gritos. Era tango. Era pasos cortos de bailes de verbena. Y saltos sobre tacones y saltos de páginas. Era tiempo muerto y prórroga, era un strike. Un tiro libre. Un fuera de juego. Era libros de poesía y poesía de la calle. Pintadas en las paredes y noches de alcohol. Era amaneceres borrachos.  Era vida. Era Amargura. Era Soledad. No era Consuelo, era Magdalena. Era la misma que lloraba hasta quedarse dormida. 

Y una noche, tanto lloró aquella noche, que en sueños decidió no despertar nunca.


jueves, 26 de enero de 2012

Nineteen eighty four.

- Veamos, Winston, ¿cómo ejerce un hombre su poder sobre otro?
Winston reflexionó antes de responder:

-Haciéndole sufrir.

-Exactamente. Haciéndole sufrir. La obediencia no es suficiente. A no ser que sufra, ¿cómo se puede tener la seguridad de que está acatando tu voluntad y no la suya? El poder reside en infligir dolor y humillación. El poder radica en hacer trizas la mente humana para volver a remodelarla en la forma que se elija. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es exactamente lo contrario de las estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los viejos reformadores. Un mundo de miedo, traición y tormento; un mundo en el que pisotear y ser pisoteado; un mundo que no será progresivamente menos cruel, sino cada vez más brutal. En nuestro mundo el progreso será el progreso del dolor. Las viejas civilizaciones afirmaban que se basaban en el amor o la justicia. La nuestra se basa en el odio. En nuestro mundo no habrá otras emociones que no sean el miedo, la ira, el triunfo y la humillación. Destruiremos todo lo demás, absolutamente todo. Ya estamos arrasando los hábitos mentales que han sobrevivido desde antes de la Revolución. 




George Orwell

martes, 24 de enero de 2012

Desidia.

Marina tenía un tesoro que esconder. Una fortuna éterea e intangible que cortaba los ojos de miradas incoherentes. Un premio ganado, un refugio perdido, un escondite en búsqueda. Aquel tesoro inquietaba a la codicia, perturbaba hasta al más abúlico egoísmo, y gritaba, gritaba tan fuerte aquel laurel, que todos los sordos, en la más pura de las cegueras, vendían hasta el alma por sentir el alarido demente en sus pulmones, y Marina debía silenciarlo.

Partió ella presurosa y agitada, con el tesoro en la espalda y el secreto en los labios, arrinconados y omitidos, que ya no se descubrían ni para suspirar. Marina respiraba con la ausencia de cordura.

Buscaba un rincón apartado donde poder relegar su tesoro, vagando por laberintos de Minotauros y pantanos de Lerna. Tanteando terrenos fragosos, en pesquisa de abrigo y amparo.

Pensó en refugiar su tesoro allí donde el cielo roza el mar. En la angosta estría que inventaba nubes de salitre y arenas movedizas. Allá donde las gaviotas estaban a régimen y eliminaban el pescado azul de sus dietas. Donde los corales abrazaban las depresiones de los peces payasos. En el lugar donde se había perdido Nemo. Entonces recordó que el mar no tiene rincones.

Se le ocurrió esconderlo en la lana de las ovejas de Polifemo o en la demencia del cíclope herido por Nadie. Quiso atarse al vientre de un cordero para huir pastando. Pero debía evadir el mar, pues allí protegía un padre a su hijo y Nemo seguía sin aparecer. Entonces recordó que Ulises podría dar con él y sería toda una Odisea.

Consideró la idea de ocultar su tesoro entre las plumas del ala izquierda de algún hipogrifo de Carlomagno. Y al final, después de ensimismarse en gusanos y cenizas de Fénix, flechas de Heracles, paseos por el Tártaro y caballos de Troya, sentenció desampararlo bajo la lluvia fría de alguna noche de primavera gallega.

Pues lo que más se busca, menos se encuentra.