A veces, hay días que te consumen.
No sabes por qué, ni cómo y a nadie le importa cuándo. Sólo sucede. Te trepa por las venas y se acomoda en tu corazón. Que empieza a pesar, que le empiezan a doler los suspiros, y el tiempo. Y las entrañas se te retuercen.
Esos días sólo lloras. Y en medio de tus sollozos te preguntas por qué las lágrimas ya no son saladas, ni húmedas, ni suaves. Son duras, frías, cortantes. Y secas. Lloras con los ojos secos y la mirada fija en algún punto de dios-sabe-dónde, esperando que la angustia se vaya de cuerpo, se vaya por tu piel. Y los recuerdos en alguna parte, que ni siquiera Dios sabe, te duelen y te destruyen.
Y de repente, tienes miedo. ¿Miedo a qué?¿A quién le importa? Es sólo miedo. Sin lógica, ni física, ni fundamento. Ni tampoco probabilidad.
Así que te escondes, porque en la cama la vida es más segura. Es más propia, de uno mismo. Tu cama, tu vida. Así funciona. Ella sueña contigo, así que sumerges tu sonrisa bajo las sábanas y esperas a que sea mañana, a que se acabe este día que te consume.
Porque a veces, sólo soy capaz de pensar en prosa y, claro, todo el mundo sabe que la vida se me va con lo que escribo.
.jpg)
.jpg)

